La idea suena casi a provocación: plantar una Yamaha R7, una deportiva media con motor bicilíndrico de 689 cc, en una parrilla dominada por superbikes de 1.000 cc… Y no hacer el ridículo, simple y llanamente. No solo eso: acabar quinta absoluta en una de las pruebas de resistencia más exigentes de Europa. Eso es exactamente lo que consiguió el proyecto Yamaha R7 Turbo de GBKMotos en las 500 Millas de Magny-Cours.
Todo empezó en 2022, poco después del lanzamiento de la R7. Mientras el debate general giraba en torno a si era “suficientemente deportiva”, Gilles Kuffer y Vincent Buclin, fundadores de GBKMotos, se plantearon otra pregunta mucho más incómoda: ¿aguantaría el motor CP2 seis horas de carrera al máximo, con una preparación seria y compitiendo contra auténticas superbikes? La respuesta no fue inmediata, ni sencilla, pero terminó siendo un sí rotundo.
La filosofía del proyecto era clara. En lugar de buscar más cilindrada, se apostó por la sobrealimentación. Un turbo Garrett soplando en torno a 0,5 bar era la clave para cerrar la brecha frente a las motos de litro. Con esa configuración, la R7 pasaba de los 72 CV de serie a una cifra que se mueve entre los 110 y los 130 CV en la rueda trasera, dependiendo del ajuste. El par también daba un salto importante hasta unos 80 Nm. Números que, sobre el papel, ya colocan a esta R7 en un territorio muy distinto al de una deportiva media convencional.

El debut en Magny-Cours llegó ese mismo 2022. Con una alineación mixta de pilotos y un equipo todavía aprendiendo los entresijos de una carrera de resistencia de este nivel, la R7 Turbo terminó en la 34ª posición absoluta. Un resultado discreto, pero clave para demostrar que el concepto funcionaba y, sobre todo, que la mecánica podía sobrevivir. Un año después, en 2023, la historia fue muy distinta. Con Robin Mulhauser, Sébastien Suchet y Valentin Suchet al manillar, la moto completó la carrera sin un solo problema mecánico y cruzó la meta en quinta posición absoluta. Quinta, compitiendo de tú a tú con motos de 1.000 cc.
Más allá del turbo, la preparación fue profunda. La gestión electrónica se desarrolló internamente mediante una interfaz Woolich Racing específica para este proyecto. El chasis se adaptó con suspensiones Öhlins, un depósito de gran capacidad para resistencia, llantas de carbono Rotobox y una configuración más “analógica”, prescindiendo del ABS para priorizar tacto y simplicidad en carrera. Todo pensado para aguantar horas y horas de uso extremo sin comprometer fiabilidad.
Uno de los aspectos más llamativos del proyecto es que el motor se mantuvo prácticamente de serie por dentro. Cigüeñal, pistones y bielas son los originales del CP2. Eso deja abierta una puerta interesante: con refuerzos internos y algo más de presión de soplado, el margen de potencia todavía podría crecer bastante. Pero incluso así, con componentes estándar, la R7 Turbo ya ha demostrado que el concepto no es una locura.
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El resultado final es una demostración muy seria de lo que puede lograrse combinando ligereza, fiabilidad y una preparación inteligente. Porque no siempre hace falta más cilindrada para ser competitivo. A veces basta con hacer las preguntas correctas y atreverse a llevarlas hasta el final.

