Hay normas que parecen absolutas en cualquier parte del mundo a la que vayas. En la India, por ejemplo, y como en la inmensa mayoría de países, el uso del casco en moto es obligatorio por ley. Sin excepciones, sin matices, sin interpretaciones. O eso dice el reglamento. Pero la realidad, a veces, se cuela por una grieta tan improbable que obliga incluso a la policía a hacer algo inédito: mirar para otro lado con respaldo oficial. ¿El motivo? Un cabezón, literalmente.
El protagonista de esta historia es Zakir Mamon, un motorista indio que vive en Bodeli, una pequeña ciudad del estado de Gujarat. No es famoso, no es piloto, no busca atención. Tiene una frutería y usa la moto como cualquier otro vecino. La diferencia es que su cabeza tiene un tamaño tan fuera de lo normal que ningún casco del mercado le sirve. Ninguno.
No es una exageración ni una excusa ingeniosa para esquivar multas. Durante años, Zakir fue detenido en controles policiales una y otra vez por circular sin casco. Como marca el procedimiento, los agentes le exigían que se lo pusiera. Y él repetía siempre lo mismo: que no podía. Al principio, nadie le creyó. Hasta que la policía decidió comprobarlo de la forma más directa posible.
Los agentes lo acompañaron a distintas tiendas de cascos de la zona. Probó integrales, modulares, abiertos, tallas grandes, modelos importados. Nada. Ninguno entraba. Ninguno cerraba. Ninguno podía usarse de forma segura. El problema no era el dinero ni la voluntad: era pura geometría de la cabeza. Y bueno, con eso también se acabó librando de las multas.
Tras repetir la escena en varias ocasiones y constatar que no existía una solución comercial viable, las autoridades locales tomaron una decisión completamente excepcional: permitieron a Zakir Mamon circular sin casco y sin multa por no llevar casco. No porque la ley deje de aplicarse, sino porque cumplirla es materialmente imposible en su caso.
La alternativa lógica sería fabricar un casco a medida. Pero ahí aparecen dos nuevos problemas. El primero es el coste: un casco personalizado puede ser extremadamente caro. El segundo, y más complejo, es la homologación. Un casco debe cumplir con las normativas de seguridad indias, y certificar un producto único es un proceso largo, costoso y nada garantizado. En la práctica, esa opción deja a Mamon en un limbo técnico y legal.
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Así que, de momento, sigue circulando sin casco con el permiso tácito de la policía. Un caso único, documentado y aceptado por las autoridades, que lo convierte en el único hombre al que se le permite no llevar casco de forma legal. Este es solo un ejemplo extremo de cómo una norma pensada para proteger a millones de personas se encuentra, muy de vez en cuando, con una excepción imposible de encajar. Y cuando eso ocurre, incluso la ley tiene que admitir que no todo cabe dentro del mismo molde. Ni siquiera uno de fibra y espuma.

