
El sueño de construir la "Superbike definitiva" ha tenido muchos nombres a lo largo de la historia, pero pocos fueron tan osados y excesivos como el de la Van Veen OCR 1000. Esta mole con motor Wankel, que intentó plantar cara a los gigantes japoneses a base de pura fuerza bruta y lujo desmedido, vuelve a la actualidad gracias a Mecum Auctions. La famosa casa de subastas ofrecerá en Las Vegas un ejemplar en estado de concurso, resucitando la leyenda de una máquina que fue demasiado cara, pesada y ambiciosa para su propia época.
Para entender de dónde sale este monstruo, hay que recordar a Henk van Veen. Se hizo de oro importando las míticas Kreidler a los Países Bajos y gestionando un equipo de 50 cc que arrasaba en los circuitos. Pero Henk tenía entre ceja y ceja algo más grande, literalmente. Quería fabricar la superbike holandesa definitiva, una moto de ultra-lujo que dejara en ridículo a cualquier BMW u Honda de la época.
Lo que hace especial a esta moto no es su estética, que también, sino lo que esconde en sus entrañas. Van Veen pasó de complicaciones y decidió ir a lo seguro para garantizar potencia: metió un motor de coche en un chasis de moto. La OCR 1000 monta el bloque Comotor 624, un propulsor Wankel de dos rotores que fue parido por una alianza entre Citroën y NSU. Básicamente, llevabas entre las piernas el mismo corazón que movía al Citroën GS Birotor.
Las cifras asustan incluso hoy si las ponemos en contexto. Aquel motor de casi 1.000 cc escupía 100 cv de potencia a 6.500 vueltas. Pensad que la reina de la época, la Honda CB750, rondaba los 67 caballos. Además, la arquitectura rotativa eliminaba casi por completo las vibraciones, convirtiéndola en una alfombra mágica para tragar kilómetros en autopista sin que se te durmieran las manos.
Como la potencia sin control no sirve de nada, y menos en un bicho que pasaba de los 300 kilos, el holandés tiró de agenda para montar componentes pata negra. La caja de cambios de cuatro velocidades y transmisión por cardán contó con tecnología desarrollada por la mismísima Porsche. Para frenar semejante masa, recurrió a Brembo con un sistema de doble disco, algo que era el no va más en los setenta.


Pero la OCR 1000 nació con varios problemas bajo el brazo que la condenaron antes de tiempo. El primero fue el comportamiento dinámico. En línea recta era un misil tierra-tierra, pero en cuanto llegaban las curvas la cosa se ponía fea. Su peso excesivo y un motor muy ancho que casi rozaba con el suelo hacían que meterla en vereda fuera un trabajo de Hércules.
El segundo clavo en su ataúd fue el precio. Pedían por ella unos 13.000 euros de 1978. Para que os hagáis una idea, con ese dinero te podías comprar tres o cuatro Honda Gold Wings.Y para rematar la faena, la empresa conjunta Comotor quebró, dejando a Van Veen sin suministro de motores y obligando a cerrar el grifo de la producción.

Apenas se completaron unas 38 unidades originales entre 1978 y 1981, lo que convierte a cada superviviente en una pieza de museo. Aunque años después el experto Andries Wielinga montó algunas unidades con recambios sobrantes, las originales como la que se subasta ahora son el "Santo Grial" para los amantes de los motores rotativos.
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La unidad que veremos en Las Vegas es un modelo de 1978 y luce un estado de conservación espectacular con su pintura negra y verde original. El odómetro marca unos ridículos 8.853 kilómetros y proviene de la colección Rotary Recycle de Sam Costanzo. Prepara la cartera, porque se estima que la puja superará holgadamente los 80.000 o 100.000 euros.

