
El aterrizaje de Jake Dixon en el Campeonato del Mundo de Superbike no ha sido precisamente un camino de rosas, al menos si miramos la hoja de tiempos y el estado de su mono de cuero. El británico ha cambiado el chip de Moto2 por el de la Honda CBR1000RR-R Fireblade del equipo oficial HRC y, aunque se ha llevado unos cuantos revolcones por el camino, la sonrisa no se la borra nadie.
Eso sí, ha llegado con ganas de poner los puntos sobre las íes respecto a lo que le habían contado sobre esta categoría. Durante años, hemos escuchado a pilotos como Iker Lecuona o Xavi Vierge comentar que, salvando las distancias, había ciertas sinergias entre las monturas de la categoría intermedia de MotoGP y las Superbikes.
Pues bien, Dixon se ha subido a la moto, ha dado unas cuantas vueltas y básicamente ha preguntado si sus antecesores estaban en sus cabales cuando soltaron aquello. Para el de Dover, el cambio es abismal y no se ha cortado un pelo al expresarlo.
La reacción de Dixon tras bajarse de la Honda en Jerez fue impagable. Al recordarle esas supuestas similitudes que mencionaban otros ex-Moto2, el británico fue tajante y tiró de ironía inglesa: "Son dos mundos, ¡no hay ninguna similitud! ¿Habían bebido cuando dijeron eso?", recoge Speedweek.com.
El principal dolor de cabeza para Dixon no es la potencia bruta, que es precisamente lo que buscaba tras un año exitoso en Moto2 con tres victorias, sino la gestión electrónica. Según cuenta, la diferencia de complejidad es salvaje. En la categoría de la que proviene, el sistema es "simple y muy limitado", sin control de tracción y con una gestión del freno motor básica. Aquí, la cosa se pone seria.
"La electrónica es muy diferente. En el Mundial de Superbike tienes que ocuparte de ella en cada curva", explicaba un Dixon que admitió haber estado "completamente confundido" durante el primer día de test. La cantidad de parámetros a gestionar le ha hecho sentir que esto "se parece más a MotoGP que a Moto2".

Pero más allá de la electrónica, Dixon ha tenido que lidiar con la física. Y no nos referimos a las leyes de Newton, sino a la dureza del asfalto jerezano. El inglés se fue al suelo hasta en tres ocasiones durante los dos días de pruebas de Jerez. Lejos de ocultarlo o buscar excusas baratas, ha reconocido que "eso es parte de ello" y que es el peaje necesario para encontrar los límites de la Fireblade.
Él mismo ha desgranado su particular hat-trick de caídas. La del miércoles la catalogó directamente como un error "estúpido" por irse largo con los frenos. El segundo día la cosa siguió: primero perdió la rueda delantera en la curva 2, un incidente menor, pero luego llegó el susto gordo en la curva 4. Al abrir gas, la moto le escupió hacia fuera.
El resultado de tanto revolcón es que Dixon acabó el test sintiéndose "un poco molido", algo que admite que "no es ideal", pero que asume con deportividad. En la tabla de tiempos, esto se tradujo en ser el farolillo rojo, marcando un 1:39.808 y quedándose a tres décimas de su compañero de box, el también novato Somkiat Chantra, que parece haberse adaptado un pelín más rápido.
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A pesar de los golpes y del caos mental con los botones, Dixon está encantado de la vida. Pasó de una Moto2 a buscar "una moto con mucha potencia" y HRC se la ha dado, envuelta en un despliegue de medios que le ha dejado alucinado. "El equipo es fantástico, nunca he trabajado en un entorno tan profesional", aseguraba.

