La Dirección General de Tráfico ha decidido dar un paso más en su estrategia de control con la incorporación de una nueva generación de radares móviles, mucho más sofisticados que los que hemos visto hasta ahora. La inversión, que supera el millón de euros, se ha destinado a la compra de 15 dispositivos que irán a parar a la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil y que empezarán a verse en acción en los próximos meses.
El objetivo está claro: reforzar la vigilancia en un contexto donde los accidentes siguen siendo una preocupación constante. A pesar de años de campañas, controles y endurecimiento de sanciones, los datos de siniestralidad y muertos encarretera siguen sin dar el respiro esperado para el organismo, y la velocidad continúa siendo uno de los factores más determinantes en los siniestros graves, aunque como hemos visto, no siempre, y mucho menos, el motorista es culpable en más de la mitad de los casos.
Lo realmente llamativo no es tanto la cantidad de nuevos radares, sino lo que son capaces de hacer: estos nuevos dispositivos no funcionan como los tradicionales puntos fijos que muchos conductores ya tienen ubicados en su memoria, sino que hablamos de equipos extremadamente versátiles, capaces de adaptarse a distintas situaciones y, sobre todo, de ser prácticamente imprevisibles.
Pueden instalarse en trípodes a pie de carretera, integrarse en vehículos camuflados o incluso medir la velocidad mientras el coche patrulla está en movimiento. Esto cambia por completo las reglas del juego, porque elimina uno de los “trucos” habituales de los conductores: aprender dónde están los controles para levantar el pie solo en esos puntos concretos.
A nivel técnico, el salto es importante pues estos radares pueden supervisar varios carriles al mismo tiempo, incluyendo ambos sentidos de la circulación, y diferenciar entre tipos de vehículos para aplicar los límites específicos en cada caso. No es lo mismo un turismo que un camión, y el sistema lo tiene en cuenta automáticamente.
Además, están preparados para funcionar en prácticamente cualquier condición. La lluvia, la niebla o la falta de luz dejan de ser un problema gracias a sus sistemas de detección avanzados, y su autonomía permite que estén operativos durante largas jornadas sin necesidad de intervención constante. También pueden registrar velocidades muy elevadas, muy por encima de los límites legales habituales, lo que los hace útiles incluso en situaciones extremas.
Otro punto clave es su carácter discreto y es que en muchos casos, estos controles no requieren señalización previa, lo que los convierte en herramientas mucho más difíciles de anticipar. Esto encaja con la filosofía actual de Tráfico: menos puntos previsibles y más vigilancia dinámica.
La intención es que estos nuevos equipos estén plenamente operativos de cara a la temporada de verano, cuando el volumen de desplazamientos se dispara y, con él, evidentemente, el riesgo en carretera. Es precisamente en esas fechas cuando más se intensifican los dispositivos de control.
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Desde el organismo insisten en que la medida no es recaudatoria, sino preventiva. Argumentan que el control de velocidad ha sido históricamente una de las herramientas más eficaces para reducir la siniestralidad, y que la tecnología permite ahora ser mucho más precisos y constantes en esa vigilancia. En cualquier caso, el mensaje es claro: conducir como si no hubiera radares ya no sirve de mucho. Porque ahora, literalmente, pueden estar en cualquier sitio.

