Las advertencias más incómodas no siempre llegan desde dentro. A veces vienen de quien observa el problema con distancia, pero con conocimiento suficiente para identificarlo sin rodeos. Es el caso de Jim Farley, consejero delegado de Ford y miembro del consejo de administración de Harley-Davidson, que ha puesto palabras a una realidad que la marca americana lleva años bordeando sin afrontarla del todo.
En una reciente entrevista, Farley fue directo al hablar del futuro de Harley-Davidson: "No pueden vivir en el pasado. Tienen que vivir en el futuro". No es una frase de marketing ni un eslogan vacío. Es una advertencia empresarial lanzada desde alguien que dirige una compañía con más de un siglo de historia y que ha tenido que enfrentarse a dilemas muy similares.
Harley-Davidson es uno de los iconos industriales más reconocibles del siglo XX, pero su modelo de negocio lleva tiempo mostrando signos de agotamiento. La gama sigue girando en torno a grandes cruisers, motos pesadas y precios elevados, pensadas para un perfil de cliente cada vez más reducido y envejecido. Mientras tanto, el mercado global se mueve hacia productos más accesibles, más diversos y mejor adaptados a las nuevas condiciones económicas.
El problema no es la calidad del producto ni la fuerza de la marca. Es la dependencia excesiva de una fórmula que funcionó durante décadas, pero que hoy limita cualquier crecimiento real. Farley no cuestiona la identidad de Harley-Davidson, sino su capacidad para evolucionar sin miedo a romper con parte de su propio legado. En términos empresariales, apoyarse solo en la nostalgia no es una estrategia sostenible.
Desde Ford, la experiencia es clara. Una empresa con historia puede respetar su pasado y, al mismo tiempo, abrir nuevas puertas a clientes distintos, con productos distintos y precios distintos. Eso es algo que Harley apenas ha explorado, más allá de intentos puntuales que nunca han terminado de integrarse en una estrategia global coherente.
La electrificación, las motos de menor cilindrada o la diversificación real de la gama siguen siendo asignaturas pendientes. No porque la marca no tenga capacidad técnica para afrontarlas, sino porque cada paso fuera de su zona de confort genera fricciones internas y externas. Y el mercado no espera.
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El mensaje de Farley no va dirigido a los aficionados ni a la comunidad Harley, sino a quienes toman decisiones. "No pueden vivir en el pasado" no es una crítica cultural, es una advertencia económica. Porque en la industria del motor, la historia pesa, pero el futuro decide quién sigue existiendo.

